Escrito por Jacobo García-Germán, 2014

Quisiera señalar dos asuntos que desde hace ya tiempo rondan mi cabeza cada vez que contemplo el trabajo de Adrián Navarro, casi siempre fugazmente y siempre a través de la pantalla digital.

Pues se trata de pinturas hechas también, quien sabe si primeramente, para contemplarse en digital, retro iluminadas, igual o más que en el estudio o en la galería de pintura. Es decir que se trata al mismo tiempo, y he aquí un primer punto de ambigüedad y por tanto de fascinación, de un doble recorrido contradictorio hacia la tecnología, o mejor dicho hacia la adaptación de la disciplina pictórica a las posibilidades de la tecnología (y viceversa), a la misma vez que el pintor insiste en la condición atávica de su actividad, precisamente a través de la elemental técnica, no ya de la tecnología, con la que pinta encima de sus cuadros. El pintor contemporáneo carga con la obligación de restituir el mundo sobre el espacio pictórico proyectando la imposibilidad de aprehender el mundo en el cuadro pero a la vez forzando al mundo a violentamente encajar, en testaruda inmovilidad, en el formato cuadro-pintura; rectangular, y plano.

Estos mundos sobre lienzo, esfera tras esfera, anillo tras anillo, loop tras loop, espacio tras espacio,… que reciben y absorben tanto como reflejan, en su obsesiva repetición forman una serie infinita y suponen la primera de las citadas preocupaciones: ¿por qué se afana Adrián Navarro en pintar serie tras serie, en un juego de temas y variaciones cuyo final no se vislumbra? Sin aparente objetivo ni avance, sin aparente progresión o desenlace. Sería fácil vincular esta actitud a la omnipresencia, en los discursos contemporáneos en arte, del concepto de “archivo” y de la idea de serie; de la huida de lo narrativo y de la presencia tal cual de un trabajo que se justifica sencillamente a través de una lógica interna autoimpuesta. Y no estaríamos desencaminados. Pero quisiera aventurar una hipótesis más arriesgada como sería, a base de desgastarlo hasta la extenuación, la de la desaparición del tema por puro desbordamiento. El tema como asunto de tal evidencia y visibilidad, que deja de ser un aspecto de interés. Se da por hecho y pasa a un segundo plano. Pintura sin tema por tanto como salto sin red del funambulista en la cuerda floja de la actividad pictórica, quien se atreve a aventurar la desaparición del tema como la adquisición de un nuevo grado de libertad: asumida la repetición infinita de tema y técnica como algo que no se cuestiona, la percepción de este trabajo se acerca a aquel momento en el que la sobreexposición al ruido infernal de la ciudad alcanza la anulación del estruendo, y de golpe dejamos de oír para pasar a una fase sorda en la que los sentidos se acrecientan y la distorsión perceptiva facilita nuevos descubrimientos en lo cercano. Algo de revelación post-sensorial por tanto posee la contemplación (digital, retro iluminada y por tanto dotada de un aura sobrenatural), de los cuadros de Adrián Navarro.

Volvamos al asunto tecnológico o mejor “tecno” como segunda preocupación. Empleando tecno en su doble aceptación, tecnología, la empleada en la realización de una pintura que, recordemos, necesita el elemento informático como soporte previo, pero también tecno en los sutiles guiños que esta pintura lanza hacia tradiciones otrora repudiadas o al menos en franca oposición a la sacrosanta disciplina de la pintura. Op-art, pop-art, wall-paper, publicidad, fondos de pantalla, pegatinas, flyers, incluso imágenes de iconografía religiosa barata atraviesan la memoria. Pero la atraviesan cruzadas con Dalí, Duchamp, Man Ray, de Kooning y tantas otras referencias que han informado la pintura reciente de Adrián Navarro, produciendo un igualamiento entre altura y bajura que, unido a la mencionada negación (por desbordamiento) del tema, supondría la inicialmente imperceptible carga de profundidad o de transgresión de este trabajo. Provocación mitigada eso sí por la azucarada saturación cromática tecno, dulce a la vez que ácida, animada por la luz artificial que parecería emanar del interior de estas esferas y rejillas.

Mencionar finalmente, a modo de estado de ánimo añadido, la estabilidad como emoción que produce este trabajo. Frente a cualquier posible interpretación de lo aquí escrito como insolencia o descreimiento frente al hecho de pintar por parte de Adrián Navarro, la naturaleza simétrica, axial y algo totémica de sus cuadros recupera por el contrario esa capacidad casi letárgica, de anclaje y polarización que el objeto-cuadro puede llegar a tener. El cuadro como objeto incuestionable, despojado de accidentes, reducido a lo elemental y cuya ficticia volumetría, acentuada por el relieve virtual que aparentan las figuras pintadas, contribuye a un efecto hipnótico que atrapa al espectador. Un efecto que rompe la cadencia distraída en la que nos sume la vida informatizada contemporánea para finalmente ofrecer, eso sí mediante el empleo prestado de técnicas y metáforas digitales, una experiencia genuina que nos desvela una vez más la conciencia de lo corpóreo y material.

Jacobo García-Germán