LAURA JURADO El Mundo 27/11/2014

La primera distancia fue el espacio creado entre obra y lienzo. En la invisibilidad de ese hueco se construía la realidad pictórica de Adrián Navarro. El mundo exterior y el interior estaban dentro mismo de la pieza. El continente y el contenido de un juego geométrico labrado con la tecnología heredada de su formación arquitectónica. La ingravidez obraba el milagro de la ilusión. La esfera, la paz artística de una evolución perpetua que presenta en la galería Maior bajo el título Espacios y Loops.

Su obra arrancó con la evidencia del efecto óptico. «En mis inicios la arquitectura estaba relegada porque no sabía cómo unirla a mi arte», confiesa. Pero una reflexión «obsoleta» del concepto de espacio le llevó a un proceso de investigación formal que, a día de hoy, continúa. La abstracción puso apenas la carcasa, la excusa argumental sobre la que elevarse. Pero en su tradición, como en la pintura plana de Cezanne, se ocultaba la clave que tenía que venir a su rescate.

“Me interesa crear una ilusión, un mundo virtual. Una cierta sensación ingrávida que ha perdido la pintura”
«Con él arrancó esa pintura que anulaba la perspectiva. Tampoco había filtro entre exterior e interior porque eran lo mismo. Pero las nuevas técnicas digitales permiten recuperar ese juego de capas y de escalas que recuerda una idea casi renacentista», explica Adrián Navarro (Boston, 1973).

El primer empeño fue entonces construir ese muro invisible que generaba dos espacios dentro mismo del lienzo. «El filtro existe porque me interesa crear una ilusión, un mundo virtual. Una cierta sensación de ingravidez que se ha perdido en la pintura», explica. Una pared encerrada en la forma de una celosía eterna de círculos que ocultaba un mundo completo entre sus aparentes ventanas. Que enseñaba y escondía a partes iguales.

Pero Espacios y Loops -que se inaugura esta tarde en la galería Maior de Palma y que podrá verse hasta enero- muestra la otra parte del trabajo formal de Navarro. El estudio espacial que le llevó hasta el Autocad y la arquitectura para dar a ese mundo, precisamente, la forma de objetos en tres dimensiones. La esfera llegó más tarde. «Es el contenedor que flota en el espacio y que contiene la pintura. Mis obras son cuadros habitados por la pintura, y el espacio pictórico es independiente del espacio del lienzo», describe.

Durante un tiempo, ese «espacio flotante» fue permanente. Una reja blanquecina que escondía sus Espacios. Los recovecos que dejaban entrever un mundo con cierta narrativa, «como si fuera un cuento», conquistado por formas y figuras que acechan al espectador.

«Mi obra funciona por series y mi objetivo es ver hasta dónde puedo llegar con una de esas series. Y, al repetirla, se desborda», casi avanza Navarro. El filtro aparente comenzó a deshacerse. A cambiar lo sólido por lo gaseoso. A una interacción del interior con ese muro como en la interface de «dos mundos opuestos que se tocan».

Sus veladuras dejaron de ser un proceso cronológico sobre el lienzo de gran formato. Dejó de ser heredero de De Kooning. Dejó de concebir por fases. Dejó de crear el interior para luego «encapsularlo». Trabajaba al unísono con la membrana y el ser que subyacía y latía dentro. La pintura se volvió energía. Cambió lo gráfico por lo orgánico. Donde aún, ingrávida, resiste y evoluciona su obra.