adrián navarro

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2020


Wall #21, 2020. Oil on canvas. 150x150 cm


Fragment #5 (Wall), 2020. Oil on canvas. 81x65 cm













Pintar sobre un muro es violentar su integridad. Desde ese instante la única posibilidad es que ese sacrificio haya sido provechoso. A cambio de esa pérdida, el soporte debe ganar en profundidad significante, debe trascender. Este pacto secreto late en las relaciones entre pintura y arquitectura desde tiempos inmemoriales. Este conflicto sobrevuela en la pintura de Navarro cuando rememora a través de un lienzo interpuesto aquel momento primigenio de ocupación.
Titular un cuadro “Muro” supone, por tanto, poner el foco en su condición histórica, y ser consciente de la dimensión intelectual de la tarea pictórica. La pintura es “cosa mentale” nos recuerda Navarro. Precisamente por eso, si se piensa, cada una de sus pinturas de “muros”, paradójicamente, tiene significado antes incluso de haber soportado el primer trazo. ¿No es el lienzo en blanco el símbolo de todo muro en su perfecta integridad? Ciertamente el lienzo no es un muro. O no lo es aún, o ya no lo es. De hecho, tras la mirada moderna, en un tiempo de descreimiento pos-, ya no quedan lienzos ni muros en blanco. Y sin embargo Adrián Navarro nos ofrece con su pintura la posibilidad de pensar su interior casi como un paisaje. Es decir, en su caso, los muros se proyectan y construyen para verse en su complejidad. Pero, ¿puede proyectarse la pintura? ¿puede anticiparse su resultado? ¿Acaso la pintura no era eso, que por la tradición de la historia y de la propia vanguardia, adquiría vida propia en su hacerse? Navarro, por supuesto, no lo desmiente, simplemente pospone toda posible respuesta. Los cuadros que subyacen en su pintura se proyectan tanto como se hacen. De manera sincrónica. La pintura aparece. El muro se desvela.  

Adrián Navarro no trata con la idea de muro en un sentido genérico, ni exclusivamente psicológico o arquitectónico, sino que nos remite a su dimensión pictórica. Tras esos muros no existe un discurso de ecología política ni nada parecido. Evidentemente existen varias “pinturas del muro” posibles. En las más transitadas importan las texturas  y el peso material; en ellas los grumos y las costras supuran desde la superficie del cuadro. Ese campo de acción busca la disolución de las fronteras entre lo pictórico y la tercera dimensión de la escultura. Sin embargo, nos recuerda Navarro, existen otros muros más livianos. Los suyos están formados por espacios sin bordes, lugares desplegados como superficies. Es decir, no existe en ellos el juego con la textura que amenaza por saltar del lienzo, o por extenderse indefinidamente, sino que centra su energía en la disolución de la superficie de soporte, a veces en cuestionar su opacidad y bastantes otras en explorar las diferentes formas de la transparencia entre sus capas. Porque los muros están hechos de capas, no solo de pastosa materia.
En este sentido, ¿cabe hablar de una técnica en la pintura de Adrián Navarro, de un lenguaje o de un estilo? No precisamente. Cabe hablar de técnicas antes que de una técnica: plantillas, goteo, pintura arrastrada y gestos caligráficos, el preciso trazado digital, la pintura soplada o salpicada, incluso la ficticia aparición del uso del rodillo… Históricamente el rastro de las pinceladas ha sido leído como signo de identificación estilística. Su tamaño, su densidad o su gesto equivale a la firma del pintor. Incluso a su cuerpo.
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Por otro lado, ¿qué nos dice esta pintura a través de su formato, dimensiones o modos de exhibición? Esta serie de muros se muestra marcadamente en vertical. Son imágenes en pie que se miden con nuestra propia estatura. Los cuadros tienen una talla humana, y su verticalidad les trasfiere una condición tan benéfica como amenazadora. El lienzo es a la vez obstáculo y soporte, pantalla que esconde y recibe, espacio donde nos detenemos y proyectamos. La pintura de Adrián Navarro funciona, pues, como un espejo. O como una alteridad pintada. Por eso no nos acercamos a ella a escrutar pornográficamente sus trazos y gestos. Quizás porque no están realizados para ser mirados tan de cerca.

La dimensión del lienzo nos obliga, por la pura limitación del campo óptico, a situarnos a una distancia que coincide precisamente con la de la conversación entre personas. Es decir, conversamos mirando. El ojo, el aparato a quien se dirige todo el juego desplegado ante nosotros, y su conexión con el cerebro, interactúan, recorren los trazos, los gestos lanzados por el cuerpo de Navarro, los planificados por su cerebro. Por eso sus lienzos se leen.



Extracto del texto Asoman muros. Sobre la reciente pintura de Adrián Navarro por Santiago de Molina

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