Adrián Navarro            WorkBio  & Texts




















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Pintar de vuelta

 

Uno casi diría que de esa historia tratan los cuadros de Adrián: del viaje de ida y vuelta al territorio de la Pintura hecho por la figura –por sus hombres y sus salvajes, por sus frutos y sus conversadores- antes de reposar en el lienzo.


Javier Montes. Pintar de vuelta. Madrid, 2007.

“Una vez, después de acabar un cuadro, pensé en parar por una temporada; irme de viaje, hacer cosas. Cuando volví a pensar en ello me di cuenta de que habían pasado cinco años”. Y pasarían otros tantos, y luego algunos más todavía. Al final De Kooning –era quien hablaba- nunca hizo las cosas aquellas que tenía pendientes. Sólo pintó hasta que el Alzheimer acabó con él. Y sin embargo, aunque no lo pareciese, aunque ni él mismo se diese cuenta, a lo mejor sí que estuvo de viaje, haciendo las excursiones que tuvo ganas de hacer. Alrededor de su cuarto: por dentro de la Pintura.

Adrián Navarro, en ese sentido, ha viajado mucho. Ha pasado temporadas en la tierra de nadie de De Kooning, y ha visitado el inmenso continente abstracto que queda más allá, donde tan fácil es perderse y las mejores brújulas acaban curiosamente desnortadas. Ha recorrido la frontera de lo figurativo y paseado por paisajes calcinados que a lo mejor se parecían a ese Valle pintado en 2005: puede que los cuadros de ahora sean un poco los recuerdos que se ha traído en la maleta para ayudarse a hilar bien el relato y podernos contar con cierto orden sus aventuras.

Porque realmente Adrián Navarro pinta de vuelta. De vuelta de un siglo entero de Pintura tormentosa, transformada muchas veces en puro lamento fúnebre de sí misma. En la retina de sus cuadros –luego se verá hasta qué punto son ojos esos cuadros- queda el recuerdo de haber pasado por los altos hornos y los campos de batalla del expresionismo americano o de las primeras vanguardias, y también por islotes desiertos como ése donde se ven todavía las colillas junto a los restos ahumados de la cabaña de Philip Guston, aquel ermitaño tan raro a quien casi nadie se acercaba a visitar.

Guston también viajaba mucho. De pequeño se encerraba en el trastero cuando llegaban las visitas. A la luz de una bombilla leía, dibujaba, dormitaba. Las ancianas tías y las cuñadas preguntaban por Philip a su madre, que mentía cómplice: “Ah, pues ha salido, estará por ahí”. Y a lo mejor en el fondo decía la verdad, porque realmente Guston había salido y estaba por ahí. Como De Kooning, como Adrián, exploraba el territorio que en cualquier habitación delimitan las cuatro paredes de la Pintura.

Por algo en 2005 ha pintado un Explorador. Claro: conoce bien el oficio. La figura –porque hay voluntad de figura, o más bien porque la figura se ha empeñado en figurar y ha acabado fraguando desde dentro de la propia pintura, sin haber sido formalmente invitada- avanza hacia la izquierda. Su silueta es un solo trazo, un gesto que no dibuja tanto como abre surcos en los que caen pepitas de las que germinan plantas raras. Y va precedida de
una enorme nariz que palpa, que olfatea, que vibra y se abre paso a través de la Pintura, tratando de reconocer los mejores bocados, los más sabrosos y alimenticios.

Que muchas veces pintar es pura cuestión de narices lo sabía muy bien –de nuevo- el propio De Kooning: “Mojar el pincel en pintura y tratar de hacer la nariz de alguien, pensándolo bien, resulta bastante ridículo. Es realmente absurdo hacer una imagen, una imagen humana, digamos, con pintura, hoy en día”. Y sin embargo ésa es precisamente la cuestión candente que obsesionó al holandés hasta el final, y que interesa sobremanera a Adrián Navarro: el dilema de la figura sobre el lienzo, del pincel mojado e incontinente que acaba arreglándoselas para hacer aflorar a la superficie plana una sugerencia, una forma, un personaje. Toda otra historia.

Uno casi diría que de esa historia tratan los cuadros de Adrián: del viaje de ida y vuelta al territorio de la Pintura hecho por la figura –por sus hombres y sus salvajes, por sus frutos y sus conversadores- antes de reposar en el lienzo. De cómo encuentran en el color y en el pincel goteante una vía para salir a la luz y cobrar cuerpo. Al principio sus figuras nacían por acumulación de objetos, de formas y volúmenes como rocas amontonadas. Ahora da la impresión de que llegan del propio amontonamiento de la pintura, de la suma de energías que supone cada trazo yuxtapuesto al anterior: sus guerras de empastes, sus treguas de veladuras, sus alianzas secretas entre colores. Para escribir este texto hubo que volver a ver la foto digital de algunos de los cuadros ya embalados. Y por algún misterio informático cuando el ordenador abrió el CD los colores de los originales salieron completamente trastocados, como sumergidos en salsa parda. Fue algo a la vez frustrante e interesante: ayudaba a comprender hasta qué punto esta pintura cuenta con el color, y qué pasa cuándo el color se vuelve loco y dejan de funcionar sobre el lienzo sus puntos calientes, sus focos de energía radiante, sus agujeros negros y pequeñas constelaciones. Lo que pasa es que la narración se desmiga y la figura se vuelve al lugar del que vino con tanto esfuerzo. Pasa que el absurdo acechante en el acto de pintar, que tanto atormentaba a de Kooning, se abalanza sobre el cuadro y lo devora. Es tan difícil tenerlo a raya.

En realidad, quizá la Pintura –la pintura de Adrián, por lo menos- sea como la vida misma: una pura cuestión de quién se come a quién. Quién devora y quién se deja masticar. Miren el Ojo y pregúntense para quién trabaja: ¿mira a la Pintura, o nos mira la Pintura por él? ¿Se ha metido el ojo en el lienzo, o ha entrado todo el lienzo, de golpe, en el ojo desprevenido? Nunca se acaba de saber, en estos casos. A veces es el pintor quien se deja comer por el salvaje, o quien se transforma en salvaje para darle a la Pintura unos buenos bocados y escupir los pellejos sobre el lienzo. A veces es la Pintura quien se relame de gusto ante el pintor indefenso, le elige bien el muslo y la pechuga y va dejando pulcramente los huesecitos sobre el cuadro, como aviso para navegantes. Fíjense bien en su Hombre con fruto: uno contempla al otro con apetito evidente. ¿Pero quién es quién? Pudiera ser que el mundo entero cupiese en esa fruta; o que fuese la propia Pintura lo que provoca a Adrián Navarro tanta hambre. Quizá de un momento a otro intente tragársela de un bocado. O abrirla al menos, para ver cómo tiene, por dentro, las pepitas.

Javier Montes